23
Sep

El Cante a corazón abierto de Rocío Bazán

Crónica por Miguel Ángel Fernández Borrero
Director de Flamenco Radio.com en RTVA

Rocío Bazán cantó en el dormitorio alto del Convento de Santa Clara, sede de la Bienal de Flamenco de Sevilla. En este escenario, los artistas actúan sin megafonía, una condición que en teoría le da atractivo por la cercanía al público, por la voz natural, pero que en la práctica supone un esfuerzo sin recompensa para quien actúa y una cierta frustración para el público que ocupe de la fila diez o doce hacia atrás. La Bienal quiere emular al palacio de Villavicencio de Jerez y eso es imposible, porque aquel es un local más recoleto que favorece la expansión del sonido, mientras que el de Santa Clara es una sala de cuarenta metros de largo, donde resulta imposible proyectar la voz a tanta distancia, a menos que venga a cantar Plácido Domingo. A los guitarristas de concierto les ponen megafonía, pero el cante va a pelo. La idea es buena y el espacio es malo para el propósito.

Pues ahí cantó Rocío Bazán, buscando la verdad desnuda y sin artificios del cante, sí, aunque luchando contra los imponderables de la sala. Podía haber cantado en otro escenario más en consonancia con su dimensión como artista, porque la esteponera no es una recién llegada: en la Bienal de 2002 fue premio Giraldillo joven de cante, premio cantes de Málaga en el Concurso de La Unión de ese mismo año, premio absoluto Antonio Fernández Díaz ‘Fosforito’ en el Concurso nacional de Calasparra 2000 y otra serie de reconocimientos y premios, más actuaciones por todo el mundo que la definen como una artista de peso y entidad suficiente, merecedora de mejor trato escénico. Se trata de una cantaora larga, buena conocedora del muestrario general de los cantes y situada entre las más importantes artistas malagueñas del momento.

Rocío Bazán es un animal flamenco -en el sentido hermoso de la palabra-, un animal flamenco que rezuma fuerza y jondura por todos sus poros. Cuando canta, canta toda ella. Es como si el cante le fluyera desde los riñones hacia arriba, empujando por salir como un potro indómito al que tiene que frenar y modular cuando llega a sus cuerdas vocales. Es un corazón tan bravo cantando que en algunos tercios nos traspasa la angustia de si va a poder controlar la emoción con que amasa los cantes. A veces lo consigue, a veces le borbotea la sangre irrumpiendo como un grito. Por eso, escucharla cantar no es un ejercicio plácido ni que se pueda hacer sin compromiso, porque su cante duele, transmite y busca respuesta. Hay que corresponder a su pasión con la misma actitud para comulgar con ella.

Empezó con un cante casi desconocido, porque ahora nadie lo hace: la praviana, un estilo basado en un canto popular asturiano. El más reciente al que se lo escuchamos es Jesús Heredia, y mucho antes, allá por el primer tercio del siglo XX, a El Mochuelo y después al Niño de la Rosa fina de Casares. Pues con esto nos obsequió cantando desde el pasillo hasta el escenario.

Después, ya sobre las tablas, como magnífica conocedora que es de los estilos de su tierra malagueña y más al oriente, nos regaló jabera, malagueña del Canario, rondeña, murciana y levantica, tangos del Piyayo… Se agradece escuchar estos cantes en una voz que los domina y los transmite con poderío y bien ejecutados. Ese fue uno de los rasgos interesantes para agradecer de su actuación: ofrecernos cantes que apenas se escuchan y que son hermosos y muy flamencos. Y otro, su recorrido por grandes figuras del pasado: los cantes de Levante, recordando al Cojo de Málaga; las alegrías de Cádiz rememorando a La Niña de los Peines y a La Perla; los tangos como los hacía La Repompa; una canción por bulerías, “El niño de las monjas” en memoria y homenaje de la Niña de la Puebla, Dolores, a la que tan injustamente trató el mundo flamenco en vida. Y un ramillete hermoso de soleares, recorriendo las de El Mellizo, Paquirri, La Serneta, La Andonda, la casa de los Pavones (Pastora y Tomás).., con la guitarra justa, la sonante sabia y elegante de Manuel Herrera. Y el primoroso compás de Diego Montoya y Tate Núñez, que tienen la habilidad de crear un mundo sonoro y acompasado con una sola nota, la de sus manos tocando palmas.